MÁS ALLÁ DE LAS BATAS BLANCAS

Abro la puerta. Blanco. Silencio. Pulcritud. Ese silencio que tanto me ayuda. Ese silencio que ordena mis ideas. Corro. Enciendo el ordenador. ¿Sigues aquí conmigo? Espero que hayas resistido desde que te deje. Espero que hayas luchado con uñas y dientes. Anoche pensé en ti. Sé que eres fuerte. Sé que aguantarás. Busco tu nombre entre la lista de pacientes ingresados. Las letras se entremezclan, los renglones suben y bajan. Cierro los ojos. Blanco. Silencio. Respiro profundamente. Finalmente te localizo. Aquí estas. Conmigo. Lo sabía. Eres fuerte.

Sé que piensas que al mismo tiempo que me pongo mi bata blanca, mis miedos se esfuman, mi valor se multiplica, mi cansancio desaparece, mis dudas se tornan en seguridad, toneladas de empatía inundan mis bolsillos, mis manos se preparan para agarrar fuerte, mis ojos y los tuyos se preparan para transmitir y sentir, mis fuerzas no decaen sea la hora que sea y mi esperanza no se desvanece aunque no encuentre salida.

Quiero contarte que el cuento no es del todo así. En realidad las batas blancas son humanas. Tenemos miedos en un mundo de incertidumbre y probabilidades. En un mundo tan complicado que, en muchas ocasiones, se debate entre la vida y la muerte. Tan difícil de entender por mucho que no paremos de descubrir más y más, por mucho que no dejemos de formarnos y estudiar. En un mundo sin reglas fijas, sin caminos marcados. Nuestra máquina de trabajo, esa que debemos “arreglar” es el ser humano, con toda su complejidad y belleza. Las batas blancas lloramos cuando no conseguimos lo que buscamos. Las batas blancas sufrimos si tú sufres. Las batas blancas sonreímos si tus síntomas se controlan y aparece algo de luz entre las sombras. Las batas blancas nos llevamos a casa esos casos, que al igual que tú, son complicados, duros, crónicos. Las batas blancas llegamos cada día deseando ver esos mismos nombres en las listas, deseando que mejores.

Recuerda, somos humanos; sentimos, lloramos, reímos, nos cansamos, amamos, nos equivocamos, nos esforzamos, caemos y nos levantamos. Luchamos por y para ti, aunque el camino sea largo y complejo. Cuando veas un superhéroe de bata blanca frente a ti, no lo olvides, rasgara su capa blanca, pensará en ti y hará todo lo necesario por curarte, por cuidarte hoy y hasta el día en que tu máquina decida no responder más. Tu superhéroe jamás se rendirá y llegado el momento, te dará su mano fuerte y sus ojos te mirarán de nuevo con paz para que con paz, puedas marcharte.

URBANITA O RURAL, ¿QUÉ PREFIERES?

En la sala de Espera de un centro de Salud, María de 83ª. se encuentra con Pepe de 75, y tras felicitarse por las fiestas inician una conversación mientras esperan a la consulta del médico, me es inevitable no escucharlos.
-Que bien te veo Pepe, como te va por la Capital, desde que vives allí no te vemos.
María vengo mucho menos de lo que quisiera, he estado ingresado en el General. Han sido semanas interminables, he visto tantos médicos y enfermeras que aún no sé que por que estuve allí.
– Pepe, sube conmigo a la Consulta de ¨Marco, mi médico¨ seguro que él te lo puede aclarar.
Tras esta pequeña introducción, deseo contar mi experiencia durante un año de labor en un Hospital de primer nivel con más de 500 camas y 2000 trabajadores. Me formé en un Hospital Comarcal, (como se llamaban anteriormente) y tras 15 años de trabajo doy ese gran salto profesional; donde las subespecialidades médicas crecen y la tecnología demanda un esfuerzo continuo, ¨María y Pepe¨ siguen siendo los mismos. EPOC, ICC, ACV, NECPAL, BARTHEL, ETC.
De promedio durante el ingreso hospitalario en un centro pequeño el paciente será atendido por 3 médicos, incluyendo al adjunto y residentes, 4 enfermeras y 4 auxiliares con una estancia media de 5 días. Mientras que en hospital mayor estas cifras fácilmente se triplican. Estancias mayores, estudiantes de varias carreras, son algunas de las causas. No por ello peor atendidos, pero que en este tipo de enfermos con una media de 4 patologías crónicas la oferta de recursos de un gran hospital secciona al ser humano y perdemos esa visión integral, a veces dejada en manos de su médico de familia que al igual que en el medio rural tiene 5 minutos por consulta.
Durante 1 año identifiqué a los pacientes NECPAL +, y he seguido su evolución, en los dos departamentos de salud, y la conclusión a la que he llegado; es que una atención más personalizada y continua, disminuye el gasto sanitario y mejora la atención al paciente, generando menos consultas e interacciones entre tratamientos y pruebas diagnósticas. El paciente y su familia son partícipes de sus patologías, tratamientos y de los límites terapéuticos.

EL PULSO

Cuando llegamos la enfermera y yo a su habitación solo veíamos un bulto oblicuo en la cama escondido bajo la manta. Su cuerpo, tembloroso. Su mirada, asustada. En el ángulo de su boca desviada, un rastro de baba seca.
Tardamos poco en pensar en un pequeño derrame cerebral. Su marido preguntó si la ambulancia tardaría mucho en llegar: tenía aún que echarle de comer a las gallinas. Mientras yo auscultaba su pecho, la enfermera la tomaba de la muñeca para contar sus pulsaciones, que poco a poco, al sentir el calor de su tacto, fueron bajando.

EL ORDEN DE LAS PASTILLAS

Rosa echa mano de un sistema sencillo y eficaz para no olvidar tomar sus medicinas. Como pasa mucho tiempo en la cocina, ha buscado un lugar en ella fuera del alcance de sus nietos pero bien visible para no olvidarlas. De espaldas al fregadero, encima del rodapié de la encimera, dispone sus pastillas según el orden de la toma, de izquierda a derecha: a primera hora, la de la coagulación, un rato después la media de la arritmia, y, cuando se acerca la noche, el momento en que su corazón se alborota, la otra media. Así, cuando no ha tomado alguna, se percata nada más ver el orden de las pastillas.

ESE PRECISO MOMENTO

“Doctora, si fuera su madre… ¿usted qué haría?”. Esa es la pregunta, la que llega en el momento inesperado si estás de guardia, la que trabajas con la familia si son pacientes de tu cupo desde que se confirma el diagnóstico, la que un hijo, un nieto, un hermano, un familiar más o menos desconocido formula y te trae al presente, al paciente con nombre y apellidos que deja de ser un listado en cualquier libro de patología médica. Ese preciso momento, en el que hay que contar hasta diez, tomarse un respiro antes de contestar. El espíritu científico y la tendencia imperiosa de nuestra necesidad de curar, de salvar, de dar una solución, el no abandonar los nuevos tratamientos, el intento desesperado de una vez más intentarlo, la medicina avanza, la investigación nos abre puertas… Pero a medida que abandonamos el uno para llegar al cinco, el recuerdo y la vivencia de situaciones similares, quizás personales, que nos han condicionado como médicos y como personas, nos hacen considerar el deseo de esa familia, su necesidad, sus miedos, su historia. Y al llegar al diez, ya has podido mirarle a los ojos, y expresarle que estarás ahí, a su lado, acompañando a la decisión que tomen todos juntos, porque cuando curar no es posible, cuidar se convierte en nuestro mejor tratamiento. Ese es el momento.

“LAURA, TE QUIERO”

Son las diez menos cuarto, estamos en nuestra consulta del centro de salud, viene Manuela con su hija Laura.
Manuela, de rostro arrugado por el paso del tiempo, pelo alborotado por las canas que marcan su experiencia y unos ojos que parecen conservar las llamas de una vida dichosa.
Laura nos comenta que su madre está muy repetitiva últimamente y que ha dejado de ir a la peluquería, a la que va todos los martes desde hace más de veinte años.
Nos disponemos a hacer el mini mental test a Manuela. Empezamos por la orientación temporal y espacial. Cuando le preguntamos por el año, Manuela titubea, mira a Laura esperando encontrar la respuesta en ella, pero pedimos a Laura que guarde silencio. Seguimos con el cálculo mental, Manuela lo hace perfectamente, trabajó en una tienda de ultramarinos muchos años. Llegamos a la parte de lenguaje y construcción, pedimos a Manuela que escriba una frase, le ofrecemos un folio y un bolígrafo y le animamos a que escriba un mensaje a su hija, Manuela se acomoda en la mesa y plasma sobre el papel el primer pensamiento que ha tenido. Nos enseña la frase, “Laura, te quiero”, sonreímos al unísono y madre e hija se dan un fuerte abrazo.
Manuela quizás ha olvidado la estación del año en la que estamos o ha dejado de lado alguna rutina, pero Manuela sigue teniendo un corazón enorme y sigue demostrando el cariño a sus familiares. Todo un ejemplo nuestra señora Manuela.

DEMASIADO SOL

Hacía demasiado sol. Le pareció extraño pensar en eso en aquel momento, justo en aquel momento. Pero ciertamente el sol brillaba radiante esa mañana, ostentoso, casi irrespetuoso. De hecho, nada de casi, sin duda era una falta de respeto enorme que el sol brillara con tamaña desfachatez ese día, no era justo. Lo lógico es que el cielo estuviese encapotado, cubierto de nubes grises, que el viento soplase con furia y pena a la vez, que agitase las ramas de los cipreses mientras aullaba, como si fuese un triste quejido. Había esperado incluso que algunas gotas de lluvia cayesen tímidas sobre las baldosas.
Recorría otra vez el camino de vuelta a la consulta. En las últimas semanas había hecho ese camino de ida y vuelta todos los días. Todos los días durante más de dos semanas y, de alguna manera, sabía que ese camino de vuelta sería el último.
Había visto en las últimas semanas como se iba escapando la vida por los poros de aquella mujer a la que conocía de tantos años. Aquella mujer, aquella paciente, su paciente. La había visto quedarse embarazada. La había visto tener hijos. La había visto tener gripes en invierno. Le había aconsejado mil veces y alguna más que dejara de fumar. La había visto acudir a por recetas. La había visto tener tos. La había visto acompañar a su madre a la consulta. La siguió viendo con tos hasta que esta no desapareció. La diagnosticó de cáncer de pulmón. La diagnosticó de cáncer de pulmón y lloró cuando ella se marchó de la consulta.
Lloró cuando se marchó de la consulta y lloraba aquel día tras volver de la visita a domicilio. Lloró cuando le dio un abrazo que sería, sabía, el último. Le dijo adiós y abrazó a sus hijos a los que había visto crecer. Los abrazó y se marchó.
Y salió a la calle, salió de aquella casa llena de brumas y nubes negras y se encontró con un sol al que no le correspondía estar ahí, un sol ostentoso e irrespetuoso. Un sol que no tenía la decencia de brillar menos mientras veía apagarse un alma, el alma de aquella mujer, aquella paciente, su paciente.

ESTÚPIDAS PALABRAS

Dicen que toda historia comienza con una persona llegando un lugar. Pero esta no. Esta comienza con alguien que se va, que se va para siempre.
Ana se había estado marchando poco a poco, poco a poco las huellas de sus pies en la arena las había ido borrando el mar. Poco a poco. Hay quién dice que si has de marcharte es mejor de un golpe seco, no sentirlo, no verlo venir, marcharte y punto. Otros piensan que es mejor estar preparado, poder dejar las cosas en orden, poder sentar las bases de tu ausencia. Pero lo cierto es que las bases nunca se sientan. Ni para el que se va ni para el que se queda.
Nunca se está preparado para decir adiós. Puede que hayas imaginado el momento cientos de veces, sintiendo un dolor intenso, como una punzada en el alma cada vez que representas la escena. Pero cuando la realidad se presenta ante ti no es como una punzada, es como una daga al rojo vivo, incandescente, que te raja desde la garganta hasta las ingles. Se recrea, se ensaña.
El que muere es el que pierde, pero el que se queda… el que se queda tiene que soportar el dolor, aprender a convivir con él. Porque, que no nos engañen, las grandes pérdidas no se olvidan, no se pasan por encima, solo aprendes a rodearlas un poco para poder seguir, para avanzar, para continuar viviendo. Pero siempre están ahí, como un peso que has aprendido a arrastrar, que de tanto llevarlo a cuestas te acostumbras, tanto es así que al final no es un lastre, sino una parte más de ti. Algo que te hace ser lo que eres, alguien que te hizo ser como eres.
Recuerdo aquel día. El día en que comenzó a marcharse. Estábamos sentadas frente a la otra, su cara reflejaba una serenidad asombrosa pero, debajo de la mesa, su mano agarraba con firmeza la de su marido. En frente, yo miraba el informe con semblante serio, tomé aire y dije: ”Metástasis.”
Metástasis. Metástasis. La palabra se sucedió con un eco interminable entre las dos, se repitió una y otra vez hasta que perdió todo su sentido. Miré a Ana, esperando ver reflejado en su cara terror y pena, pero su expresión no había mudado en absoluto. Solo un leve cambio de tensión en los labios fruncidos. ”Quizás no entiende lo que significa.” Pensé mientras mi corazón se cerraba en un puño tan pequeño que casi dolía.
Pensé que yo era esa médico, aquella estúpida médico, con mi estúpida bata blanca. Yo lo había empezado todo. Todo. Lo había estropeado todo con mis estúpidos diagnósticos. Todo había comenzado con mis estúpidas palabras. Podría haber dicho circo o vaca. Podría haber dicho brócoli… pero tuve que decir cáncer. Y luego metástasis, por si no hubiese sido suficiente la primera vez. Yo era esa estúpida médico que le había arruinado la vida.

LA SILLA

A los pocos minutos dejé de mirarle a los ojos y, aunque mis palabras seguían fluyendo mecánicamente como un mantra recitando valores analíticos, toda mi atención se centró en la hermosa silla donde estaba sentado. Fue como un descubrimiento, como si la viera por primera vez aunque, en realidad durante los últimos años en los que visitaba a Juan en su casa, siempre había estado silenciosamente delante de mi.
Me esforzaba como la primera vez en ser convincente en mis consejos, pero no podía dejar de pensar que en ese momento y en aquella habitación solo esa silla rojiza permanecía fiel a su naturaleza, sin mella, sin enfermar, segura de si misma, de su utilidad, de su infalibilidad. Nacida para servir calladamente, soportaba un cuerpo obeso ya condenado por la diabetes a su lento deterioro, que se sujetaba a duras penas en un carrusel de glucosas sin control.
Juan notó mi distracción y adivino mi pensamiento:

– ¿Le gusta la silla? Es de madera de cerezo, una herencia de la familia.

Desde aquel día supe que el destino de ambos sería inseparable. La silla conoció un Juan ligero, alegre, pero poco a poco tuvo que soportar un Juan que engordaba sin remedio; ella se extrañaría en las numerosas ausencias durante los frecuentes ingresos, seguro que no entendió el día que regresó sobre una única pierna, vio de cerca la frente sudorosa de los enfermeros cuando curaban su pie derecho y seguro que supo perdonar los golpes que, un Juan cada vez mas ciego e impreciso, le propinaba hasta poder sentarse. En cada visita su mujer insistía en comprar un sillón mecanizado, pero Juan nunca quiso abandonar su vieja silla.
Un año antes de morir me confeso que lo que yo había descubierto aquella tarde, la seguridad, la firmeza, la integridad, hasta la fidelidad de su silla, eran sentimientos casi humanos que él compartía con ella, podía sentirla y sabía que gracias a ella había soportado su enfermedad.
No se cuanto me puedo permitir creer en toda esta historia, pero desde que Juan murió hace dos años, ahora es su mujer, María, quien atrapada por un corazón insuficiente, se niega a abandonar la silla roja de cerezo. Sentada mientras la ausculto, parece que la disnea ha mejorado, no crepita tanto y sus piernas resisten el edema. Después de repasar con ella la medicación y despedirme, no olvido mirar la silla antes de salir y, mentalmente pedirle que cuide de María hasta mi próxima visita.

EL(L)A Y LA ESENCIA

Tenía mucosidad, y su compañero de vida procedía a su extracción. Me miraba con ojos curiosos. Sonrió. Captó mi interés y yo el suyo. En aquella casa había magia. Lo mágico estaba en ella y en sus fotos. Tiene ELA y yo me preguntaba, desde el más profundo desconocimiento y cinismo, cómo había captado esas fotos, pues apenas había resquicios de movilidad en sus manos. Leyó mi pensamiento sin necesidad que le preguntase y dijo: “con el alma”. Y es que su cámara fotográfica era la prolongación de su vitalidad, y por eso captaba la esencia de la vida.

UN LUNES EN LA UCI

Hoy la paciente me ha sonreído, después del fin de semana. No tenía un tubo que le atravesara la garganta. No estaba conectada a un respirador. Ningún catéter arterial marcaba su onda de pulso. Era la paciente poco interesante. No había mucho “donde rascar”, nada a destacar en el cambio de turno, solo una “pluri” esperando cama. Pero me ha visto, me ha sonreído y me ha preguntado si me había cortado el pelo. Bueno, lo ha afirmado. Menos paciente y más persona, de repente. Yo casi paso de largo sin saludarla. Solo era la paciente aburrida. Me ha dicho que le gustaba mi nuevo pelo. Estaba saturando al 99%. Sin soporte vasoactivo. Y qué sonrisa.

A. NORMAS PARA LA PRESENTACIÓN DE MICRORRELATOS

  1. Es un requisito indispensable que el autor se inscriba al congreso o a la conferencia o que aparezca como firmante de una comunicación (científica, de experiencias o proyecto de investigación).
  2. Los trabajos se difundirán desde la página web del congreso y desde otros canales de Internet.
  3. El envío de fotografías, vídeos y microrrelatos implica la aceptación de estas normas por parte de los autores y el consentimiento para su difusión en la documentación que se genere del XI Congreso Nacional de Atención Sanitaria al Paciente Crónico en cualquier tipo de soporte.

 

B. PREMIO AL MEJOR MICRORRELATO

  1. Los microrrelatos aceptados se difundirán desde esta web, ya que se elegirá mediante votación pública al mejor microrrelato
  2. El resultado de la votación se hará público en el acto de clausura.
  3. Los autores premiados se comprometen a asistir al acto de entrega del premio. La no asistencia, salvo causa justificada, supondrá la renuncia al mismo.
  4. El autor del microrrelato mejor valorado obtendrá una inscripción gratuita para la próxima edición del congreso.

Listado de microrrelatos aceptados

A partir del 5 de febrero se comunicará la modalidad de exposición.

Número de referencia Título Autor/a Aceptado/no aceptado
REL-01 MÁS ALLÁ DE LAS BATAS BLANCAS SONIA  LÓPEZ GARRIDO Aceptado
REL-02 URBANITA O RURAL, ¿QUÉ PREFIERES? ANA  GONZÁLEZ SÁNCHEZ Aceptado
REL-03 EL PULSO ENRIQUE  GAVILÁN MORAL Aceptado
REL-04 EL ORDEN DE LAS PASTILLAS ENRIQUE  GAVILÁN MORAL Aceptado
REL-05 ESE PRECISO MOMENTO NOELIA FERNÁNDEZ BRUFAL Aceptado
REL-06 “LAURA, TE QUIERO” CRISTINA HERRERO PAYO Aceptado
REL-07 DEMASIADO SOL ANTONIA  GALERA LÓPEZ Aceptado
REL-08 ESTÚPIDAS PALABRAS ANTONIA  GALERA LÓPEZ Aceptado
REL-09 LA SILLA MIGUEL ANGEL  SEMPERE PASCUAL Aceptado
REL-10 EL(L)A Y LA ESENCIA LUCÍA  FRANCÉS VAÑÓ Aceptado
REL-11 UN LUNES EN LA UCI JULIA  LANSEROS TENLLADO Aceptado

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